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martes, 9 de marzo de 2010

Por si nos creemos más...




Por qué dejar al hombre para el sexto día

Un grupo de sabios se reunió para discutir la obra de Dios; querían saber por qué no había creado al hombre hasta el sexto día.
-Él quería organizar bien el Universo antes, de manera que pudiésemos disponer de todas las maravillas de la creación dijo uno.
-Él quiso primero hacer algunas pruebas con animales, para luego no cometer los mismos errores con nosotros –sostenía otro.

En esos momentos llegó al encuentro un sabio judío, y se le comunicó el tema de la discusión:
-Y en su opinión, ¿por qué Dios esperó al sexto día para crear al hombre?
-Es muy sencillo –comentó el sabio. –Para que, cuando nos asaltase la vanidad, pudiésemos pensar: hasta el insignificante mosquito tuvo prioridad en la labor Divina.


Extraído del "Guerrero de la luz".- Paulo Coelho
Imagen by Lilian-art


sábado, 6 de marzo de 2010

De paso...



Se cuenta que en el siglo pasado, un turista americano fue a la ciudad de El Cairo, Egipto con la finalidad de visitar a un famoso sabio.
El turista se sorprendió al ver que el sabio vivía en un cuartito muy simple y lleno de libros.
Las únicas piezas de mobiliarios eran una cama, una mesa y un banco.
Donde están sus muebles?, preguntó el turista.
Y el sabio, rápidamente, también pregunto: ¿Y donde están los suyos... ?
¿Los míos?, se sorprendió el turista.
¡Pero si yo estoy aquí solamente de paso!
Yo también... concluyó el sabio.

Huang Shi Quang
Imagen: El Paso by BaB-Jane

jueves, 11 de febrero de 2010

Gotas de lluvia




La noche de anoche no dejó de llover de esas lluvias perennes que no suben ni bajan de intensidad, sólo son constantes. Dieron las dos de la mañana y ella aún no podía conciliar el sueño, su mente trabaja siempre a ritmos acelerados. Luego le da por pensar que es a la única a la que le sucede eso de hilvanar historias, atar cabos sueltos, armar novelas con fatales desenlaces.

Se acercó a la puerta ventana que da a la desatendida terraza de su casa, recogió la cortina en un nudo tosco, prendió la pequeña luz amarilla que más que iluminar dibuja extrañas figuras en las paredes sucias y corroídas. Intentó ordenar por jerarquía sus prioridades. Sonrió al darse cuenta que no era capaz de decidir qué era más importante que qué. “Finalmente nada es tan grave” pensamiento con el cual se consolaba mientras fumaba y jugaba con el humo como tanto le gustaba hacerlo en soledad. Desmenuzó todas sus ideas y descubrió que ya todo carecía de importancia. Apachurró la colilla del cigarro en un cenicero que casualmente le quedaba al alcance de su mano. Recordó que no debía acostarse sin lavarse las manos, le resultaba desagradable el olor a cigarro entre los dedos. Se analizó completa en el espejo de su dormitorio. Parecía una niña pequeña en semejante pijama de franela, a cuadros blancos y cafés; las calcetas largas a rayas de colores pasteles, estiradas hasta las rodillas fajando el pantalón. Se divirtió de su reflejo en el espejo.

Deshizo el nudo de la cortina por puro pudor aprendido. El cabello ligeramente ondulado le escurría por ambos hombros hasta llegar a la mitad de la espalda. Se despidió de sus pensamientos viejos y dio bienvenida a los nuevos; creyó verse bonita a media luz. Nunca había sido una belleza: ojos oscuros y pequeños, nariz regular, labios promedio y piel morena como la que más. Se desabotonó la camisa de la pijama con parsimonia, la dejó caer al suelo, debajo de ésta un suéter de cuello de tortuga, el cual ignoró mientras se desprendía del pantalón. Su piel se erizó por el frío de la habitación, sus pezones se endurecieron mostrando su débil figura a través de la prenda. Contempló su cuerpo semidesnudo por minutos que le parecieron eternos. Aunque se encontró más de un par de defectos, se gustó. Retando al frío se despojó aceleradamente del suéter y ahí estaba ella reflejada en el espejo. Toda una mujer. Con marcas propias de la edad no ocultada. Relajó el cuerpo hasta adaptarse a la baja temperatura, sus pezones volvieron a su tamaño original, sus piernas se destensaron y dejó de sumir el vientre. Bella, bellísima.

Recorrió con el dedo índice derecho sus pechos, bajó discretamente hasta llegar a su pubis, cerró los ojos mientras su mano intentó meterse entre sus piernas. No pudo. Avergonzada escondió su cara entre las manos, su cuerpo se volvió a tensar, los pezones a elevarse y los vellos de toda su piel a erigirse.

Nunca en su vida se había sentido mal por tocarse. Pero hoy no podía hacerlo. Aún sentía todavía las últimas caricias recibidas y no podía darse el lujo de olvidarlas por unas nuevas, aunque fueran las propias. Soltó su cara y la encontró roja en el espejo, apenas un par de lágrimas asomadas y las mandíbulas apretadas. Se vistió con rapidez, fajó nuevamente el pantalón a las calcetas rayadas, se olvidó de lavarse las manos, se escondió entre las cobijas y el edredón, escuchó el tintineo constante de las pringas de lluvia, habló con Dios y se durmió.

LIA. Sirve una copa de mi
Imagen by JonnyAGarcia

miércoles, 18 de noviembre de 2009

Pato sabio (cuento breve)



"El pato levantó vuelo siendo pato, pero al cabo de tres aleteos dejó de ser pato porque tomó conciencia de sí mismo, de su lugar en el universo, de la naturaleza del tiempo, su finitud y del ritmo cósmico al compas del que se mueve todo lo que se tiene que mover. Pero también despertó al conocimiento de la profunda inutilidad de su sabiduría, al darse cuenta que el cazador que lo tenía en la mira lo iba a llenar de perdigones. Cerró los ojos y se entregó al olvido".

Gabriel Caracciolo (Argentina, 1972)

jueves, 22 de octubre de 2009

El anillo del Rey



Hubo una vez un rey que le dijo a los sabios de la corte:

- Me estoy fabricando un precioso anillo. He conseguido uno de los mejores diamantes posibles. Quiero guardar oculto dentro del anillo algún mensaje que pueda ayudarme en momentos de desesperación total, y que ayude a mis herederos, y a los herederos de mis herederos, para siempre. Tiene que ser un mensaje pequeño, de manera que quepa debajo del diamante.

Todos quienes escucharon eran sabios, grandes eruditos; podrían haber escrito grandes tratados, pero darle un mensaje de no más de dos o tres palabras que le pudieran ayudar en momentos de desesperación total, les parecía una tarea casi imposible... Buscaron en sus libros, pero no podían encontrar nada.

El rey tenía un anciano sirviente que también había sido sirviente de su padre. La madre del rey murió pronto y este sirviente cuidó de él, por tanto, lo trataba como si fuera de la familia. El rey sentía un inmenso respeto por el anciano, de modo que también lo consultó. Y éste le dijo:

-No soy un sabio, ni un erudito, ni un académico, pero conozco el mensaje. Durante mi larga vida en palacio, me he encontrado con todo tipo de gente, y en una ocasión me encontré con un místico. Era invitado de tu padre y yo estuve a su servicio. Cuando se iba, como gesto de agradecimiento, me dio este mensaje- el anciano lo escribió en un diminuto papel, lo dobló y se lo dio al rey-. Pero no lo leas-le dijo- mantenlo escondido en el anillo. Ábrelo sólo cuando todo lo demás haya fracasado, cuando no encuentres salida a la situación-

Ese momento no tardó en llegar. El país fue invadido y el rey perdió el reino. Estaba huyendo en su caballo para salvar la vida y sus enemigos lo perseguían. Estaba solo y los perseguidores eran numerosos. Llegó a un lugar donde el camino se acababa, no había salida: enfrente había un precipicio y un profundo valle; caer por él sería el fin. Y no podía volver porque el enemigo le cerraba el camino. Ya podía escuchar el trotar de los caballos. No podía seguir hacia delante y no había ningún otro camino...

De repente, se acordó del anillo. Lo abrió, sacó el papel y allí encontró un pequeño mensaje tremendamente valioso: Simplemente decía "ESTO TAMBIÉN PASARÁ". Mientras leía "esto también pasará" sintió que se cernía sobre él un gran silencio. Los enemigos que le perseguían debían haberse perdido en el bosque, o debían haberse equivocado de camino, pero lo cierto es que poco a poco dejó de escuchar el trote de los caballos.

El rey se sentía profundamente agradecido al sirviente y al místico desconocido. Aquellas palabras habían resultado milagrosas. Dobló el papel, volvió a ponerlo en el anillo, reunió a sus ejércitos y reconquistó el reino. Y el día que entraba de nuevo victorioso en la capital hubo una gran celebración con música, bailes...y él se sentía muy orgulloso de sí mismo.

El anciano estaba a su lado en el carro y le dijo:

-Este momento también es adecuado: vuelve a mirar el mensaje.

-¿Qué quieres decir? -preguntó el rey-. Ahora estoy victorioso, la gente celebra mi vuelta, no estoy desesperado, no me encuentro en una situación sin salida.

-Escucha -dijo el anciano-: este mensaje no es sólo para situaciones desesperadas;también es para situaciones placenteras. No es sólo para cuando estás derrotado; también es para cuando te sientes victorioso. No es sólo para cuando eres el último; también es para cuando eres el primero.

El rey abrió el anillo y leyó el mensaje: "Esto también pasará", y nuevamente sintió la misma paz, el mismo silencio, en medio de la muchedumbre que celebraba y bailaba, pero el orgullo, el ego, había desaparecido. El rey pudo terminar de comprender el mensaje. Se había iluminado. Entonces el anciano le dijo:

-Recuerda que todo pasa. Ninguna cosa ni ninguna emoción son permanentes.

Como el día y la noche, hay momentos de alegría y momentos de tristeza.

Acéptalos como parte de la dualidad de la naturaleza porque son la naturaleza misma de las cosas.


Autor desconocido
Imagen by Sweet_Red_Cherry

lunes, 31 de agosto de 2009

Todo lo importante...



"Sentado en el viejo sillón de la residencia de ancianos convino en recordar y hacer recuento de todas las cosas importantes que acaecieron a lo largo de su vida.
' No puedes llegar tarde, te despedirán' - decía Marga, su esposa.
El jefe ahora está muerto y su empresa ya no existe.
' No podemos invitar a tu primo Ezequiel a la boda de la niña. El no nos invitó a nosotros'. Ezequiel murió, 'la niña' se divorció y ahora trabaja en otro país, esperando su próxima jubilación.
' Si seguimos así no vamos a poder pagar la hipoteca de la casa este mes ' . La casa la vendimos y el dinero voló. En el lugar donde estaba, ahora hay un hipermercado.
¿ Qué fue de todas aquellas cosas importantes? ¿Dónde están ahora? ¿ Y todas esas personas, amigos y familiares...? Todos muertos y olvidados. Hasta los lugares conocidos desaprecieron. Y Marga...
¿Qué queda sino sentarse y esperar la muerte?

De pronto, a sus ochenta y dos años, se levantó del sillón, abrió el baúl donde guardaba sus escasas pertenencias y sacó un maletín con óleos y un lienzo. Se puso a pintar y pintó el mejor cuadro de toda su vida. En él estaban fundidos los infinitos colores de los años de experiencia, la riqueza y el relieve de los cientos de lugares que había conocido y el complejo entramado de luz y sombra de todas la emociones que alguna vez habitaron su interior.

Y entonces pensó: 'La muerte puede venir cuando desee. Aquí nadie la espera'


Antonio J. Cebrián (España, 1964)

miércoles, 12 de agosto de 2009

El alacrán...



Un maestro oriental que vio cómo un alacrán se estaba ahogando, decidió sacarlo del agua, pero cuando lo hizo, el alacrán lo picó.
Por la reacción al dolor, el maestro lo soltó, y el animal cayó al agua y de nuevo estaba ahogándose. El maestro intentó sacarlo otra vez, y otra vez el alacrán lo picó.

Alguien que había observado todo, se acercó al maestro y le dijo:
"Perdone, ¡pero usted es terco! ¿No entiende que cada vez que intente sacarlo del agua lo picará".
El maestro respondió:
"La naturaleza del alacrán es picar, y eso no va a cambiar la mía, que es ayudar".
Y entonces, ayudándose de una hoja, el maestro sacó al animalito del agua y le salvó la vida.

No cambies tu naturaleza si alguien te hace daño; sólo toma precauciones.

Imagen by Cintli

miércoles, 22 de julio de 2009

El rio perdido...



Cuando yo tenía ocho años, encontré el Río Perdido. Nadie sabía dónde estaba, nadie en mi condado podía decirme cómo llegar, pero todos hablaban de él. Cuando llegué por primera vez al Río Perdido, me di cuanta rápidamente que estaba allí. Uno se da cuanta cuando llega. ¡Era el lugar más hermoso que jamás vi, había árboles que caían sobre el río y algunos peces enormes navegando en las aguas transparentes! Así que me saqué la ropa y me tiré al río y nadé entre los peces y sentí el brillo del sol en el agua, y sentí que estaba en el paraíso. Después de pasar toda la tarde ahí, me fui marcando el camino hasta llegar a mi casa y allí le dije a mi padre:

-Papá, encontré el Río Perdido.

Mi papá me miro y rápidamente se dio cuanta de que no le mentía. Entonces me acarició la cabeza y me dijo:

-Yo tenía más o menos tu edad cuando lo vi por primera vez. Nunca pude volver.

Y yo le dije:

-No, no… Pero yo marqué el camino, dejé huellas y corté ramas, así que podremos volver juntos.

Al día siguiente, cuando quise volver, no pude encontrar las marcas que había hecho, y el río se volvió perdido también para mí.

Entonces me quedó el recuerdo y la sensación de que tenía que buscarlo una vez más.

Dos años después, una tarde de otoño, fuimos a la dirección de guardaparques del condado porque mi papá necesitaba trabajo.

Bajamos a un sótano, y mientras papá esperaba en una fila para ser entrevistado, vi que en una pared había un mapa enorme que reproducía cada lugar del condado: cada montaña, cada río, cada accidente geográfico estaba ahí. Así que me acerqué con mis hermanos, que eran menores, para tratar de encontrar el Río Perdido y mostrárselo a ellos. Buscamos y buscamos pero sin éxito.

Entonces se acercó un guardaparque grandote, con bigotes, que me dijo:

-¿Qué estas buscando hijo?

-Buscamos el Río Perdido- dije yo, esperando su ayuda.

Pero el hombre respondió:

-No existe ese lugar.

-¿Cómo que no existe? Yo nadé ahí.

Entonces él me dijo:

-Nadaste en el Río Rojo.

Y yo le dije:

-Nadé en los dos, y sé la diferencia.

Pero él insistió:

-Ese lugar no existe.

En eso regresó mi papá, le tiré del pantalón y le dije:

-Decile, papá, decile que existe el Río Perdido.

Y entonces el señor de uniforme dijo:

Mirá niño, este país depende de que los mapas sean fieles a la realidad. Cualquier cosa que existiera y no estuviera aquí en el mapa del servicio oficial de guardaparques de los Estados Unidos sería una amenaza contra la seguridad del país. Así que si en este mapa dice que el Río Perdido no existe, el Río Perdido no existe.

Yo seguí tirando de la manga de mi papá y le dije:

-Papá, decile…

Mi papá necesitaba el trabajo, así que bajó la cabeza y dijo:

-No-hijo, él es el experto, si él dice que no existe…

Y ese día aprendí algo:

Cuidado con los expertos. Si nadaste en un lugar, si mojaste tu cuerpo en un río, si te bañaste de sol en una orilla, no dejes que los expertos te convenzan de que no existe. Confiá más en tus sensaciones que en los expertos, porque los expertos son gente que pocas veces se mojan.

Jorge Bucay
Imagen by Nur, rio Amazonas 2006

martes, 7 de julio de 2009

Destino (cuento breve)



"Su única ambición era ser druida. Pero los druidas habían vivido antes del Imperio Romano, no tenía lugar en el siglo XX y siempre habían sido hombres. No le parecieron obstáculos importantes. Con algunas joyas heredadas de viejas tías señoritas se fabricó una diminuta hoz de oro de filo brillante, destinada a cortar el muérdago sagrado del bosque. Pero vivía en Buenos Aires y lo más parecido a un bosque eran unos parques domesticados donde la gente corría en todas direcciones sin siquiera detenerse a mirar una rama, una hoja, aunque fuera del cobre tornasolado de una corteza.

Guardó la hoz en una bolsita de gamuza que se colgó del cuello y tomó un tren hacia el Sur. Por la mañana , un desierto verde y amarillo corría desaforadamente hacia atrás. Fue entonces cuando, por primera vez, escuchó el remoto llamado del bosque. "El robledal", pensó con alegría sintiendo que la señal confirmaba su decisión. Cada vez el llamado se hacía más poderoso y cuando aparecieron las montañas su corazón se elevó, liviano como una nube. Ese tierno ulular era como la voz del tiempo, o de su sangre. Cuando llegó, se abrazó a un árbol y aspiró intensamente el olor verde de su cuerpo. Esos fueron los afables gestos que relataría lo que la vieron por última vez.

Mientras caminaba, internándose, recordó menhires y robles gigantes que nunca había visto. Esa noche, la luna brillaba sobre esta parte del planeta y ella elevaría, por fin, la antigua plegaria de adoración a los árboles, a la tierra, al agua, a los astros elementales. Se habría cumplido su destino".


Sylvia Iparraguirre (Argentina, 1947)

lunes, 29 de junio de 2009

Los tres filtros...



"En la antigua Grecia, Sócrates era un maestro reconocido por su sabiduría. Un día, el gran filósofo se encontró con un conocido, que le dijo muy excitado:

-Sócrates, ¿sabes lo que acabo de oír de uno de tus alumnos?

-Un momento...-respondió Sócrates- Antes de decirme nada me gustaría que pasaras una pequeña prueba. Se llama la prueba del triple filtro.

-¿Triple filtro?

-Eso es-continuó Sócrates- Antes de contarme lo que sea sobre mi alumno, es una buena idea pensarlo un poco y filtrar lo que vayas a decirme.

El primer filtro es el de la Verdad. ¿Estás completamente seguro de que lo que vas a decirme es cierto?

-No, me acabo de enterar y…

-Bien-dijo Sócrates- Conque no sabes si es cierto lo que quieres contarme.

Veamos el segundo filtro, que es el de la Bondad. ¿Quieres contarme algo bueno de mi alumno?

-No. Todo lo contrario…

-Así que... -le interrumpió Sócrates- quieres contarme algo malo sobre él, que no sabes siquiera si es cierto.

Aún puedes pasar la prueba, pues queda un tercer filtro: el filtro de la Utilidad. ¿Me va a ser útil esto que me quieres contar de mi alumno?

-No, no mucho...

-Por lo tanto.. -concluyó Sócrates - si lo que quieres contarme puede no ser cierto, no es bueno, ni es útil, ¿para qué contarlo?"


Desconozco autor

martes, 26 de mayo de 2009

El bigote del tigre


Una mujer joven llamada Yun Ok fue un día a la casa de un ermitaño de la montaña en busca de ayuda.
El ermitaño era un sabio de gran renombre, hacedor de ensalmos y pociones mágicas.
Cuando Yun Ok entró en su casa, el ermitaño, sin levantar los ojos de la chimenea que estaba mirando dijo:

- ¿Por qué viniste?

Yun Ok respondió:

- Oh, Sabio Famoso, ¡estoy desesperada! ¡Hazme una poción!

- Sí, sí, ¡hazme una poción! ¡Todos necesitan pociones! ¿Podemos curar un mundo enfermo con una poción ?

- Maestro -insistió Yun Ok-, si no me ayudas, estaré verdaderamente perdida.

- Bueno, ¿cuál es tu problema? -dijo el ermitaño, resignado por fin a escucharla.

- Se trata de mi marido -comenzó Yun Ok-. Tengo un gran amor por él. Durante los últimos tres años ha estado peleando en la guerra. Ahora que ha vuelto, casi no me habla, a mí ni a nadie. Si yo hablo, no parece oír. Cuando habla, lo hace con aspereza. Si le sirvo comida que no le gusta, le da un manotazo y se va enojado de la habitación. A veces, cuando debería estar trabajando en el campo de arroz, lo veo sentado ociosamente en la cima de la montaña, mirando hacia el mar.

- Si, así ocurre a veces cuando los jóvenes vuelven a su casa después de la guerra -dijo el ermitaño-, Prosigue.

- No hay nada más que decir, Ilustrado. Quiero una poción para darle a mi marido, así se vuelve cariñoso y amable, como era antes.

- !Ja! Tan simple, ¿no? -replicó el ermitaño-. ¡Una poción!

Muy bien, vuelve en tres días y te diré qué nos hará falta para esa poción.

Tres días más tarde, Yun Ok volvió a la casa del sabio de la montaña.

- Lo he pensado -le dijo-. Puedo hacer tu poción. Pero el ingrediente principal es el bigote de un tigre vivo. Tráeme su bigote y te daré lo que necesitas.

- ¡El bigote de un tigre vivo! -exclamó Yun Ok-. ¿Cómo haré para conseguirlo?

- Si esa poción es tan importante, obtendrás éxito -dijo el ermitaño.

Y apartó la cabeza, sin más deseos de hablar.

Yun Ok se marchó a su casa. Pensó mucho en cómo conseguiría el bigote del tigre. Hasta que una noche, cuando su marido estaba dormido, salió de su casa con un bol de arroz y salsa de carne en la mano. Fue al lugar de la montaña donde sabía que vivía el tigre. Manteniéndose alejada de su cueva, extendió el bol de comida,llamando al tigre para que viniera a comer. El tigre no vino.

A la noche siguiente, Yun Ok volvió a la montaña, esta vez un poco más cerca de la cueva. De nuevo ofreció al tigre un bol de comida.
Todas las noches Yun Ok fue a la montaña, acercándose cada vez más a la cueva, unos pasos más que la noche anterior. Poco a poco, el tigre se acostumbró a verla allí.

Una noche, Yun Ok se acercó a pocos pasos de la cueva del tigre.
Esta vez el animal dio unos pasos hacia ella y se detuvo. Los dos quedaron mirándose bajo la luna. Lo mismo ocurrió a la noche siguiente, y esta vez estaban tan cerca que Yun Ok pudo hablar al tigre con una voz suave y tranquilizadora.

La noche siguiente, después de mirar con cuidado los ojos de Yun Ok, el tigre comió los alimentos que ella le ofrecía. Después de eso, cuando Yun Ok iba por las noches, encontraba al tigre esperándola en el camino.

Cuando el tigre había comido, Yun Ok podía acariciarle suavemente la cabeza con su mano. Casi seis meses habían pasado desde la noche de su primera visita. Al final, una noche, después de acariciar la cabeza del animal, Yun Ok dijo:

- "Oh, Tigre, animal generoso, es preciso que tenga uno de tus bigotes. ¡No te enojes conmigo!" Y le arrancó uno de los bigotes.

El tigre no se enojó, como ella temía. Yun Ok bajó por el camino, no caminando sino corriendo, con el bigote aferrado fuertemente en la mano.
A la mañana siguiente, cuando el sol asomaba desde el mar, ya estaba en la casa del ermitaño de la montaña.

- ¡Oh, Famoso! -gritó-. ¡Lo tengo! ¡Tengo el bigote del tigre!

Ahora puedes hacer la poción que me prometiste para que mi marido vuelva a ser cariñoso y amable.

El ermitaño tomó el bigote y lo examinó. Satisfecho, pues realmente era de tigre, se inclinó hacia adelante y lo dejó caer en el fuego que ardía en su chimenea.

- ¡Oh señor! -gritó la joven mujer, angustiada- ¡Qué hiciste con el bigote!

- Dime como lo conseguiste -dijo el ermitaño.

- Bueno, fui a la montaña todas las noches con un bol de comida. Al principio me mantuve lejos, y me fui acercando poco cada vez, ganando la confianza del tigre. Le hablé con voz cariñosa y tranquilizadora para hacerle entender que sólo deseaba su bien. Fui paciente. Todas las noches le llevaba comida, sabiendo que no comería. Pero no cedí. Fui una y otra vez. Nunca le hablé con aspereza. Nunca le hice reproches. Y por fin, una noche dio unos pasos hacia mí. Llegó un momento en que me esperaba en el camino y comía del bol que yo llevaba en las manos. Le acariciaba la cabeza y él hacía sonidos de alegría con la garganta. Sólo después de eso le saqué el bigote.

- Sí, sí -dijo el ermitaño-, domaste al tigre y te ganaste su confianza y su amor.

- Pero tú arrojaste el bigote al fuego -exclamó Yun Ok llorando-. ¡Todo fue para nada!

- No, no me parece que todo haya sido para nada -repuso el ermitaño-. Ya no hace falta el bigote. Yun Ok, déjame que te pregunte algo: ¿es acaso un hombre más cruel que un tigre? ¿Responde menos al cariño y la comprensión? Si puedes ganar con cariño y paciencia el amor y la confianza de un animal salvaje y sediento de sangre, sin duda puedes hacer lo mismo con tu marido.

Al oír esto, Yun Ok permaneció muda unos momentos. Luego avanzó por el camino reflexionando sobre la verdad que había aprendido en casa del ermitaño de la montaña.

~ Anónimo ~


Leyenda coreana
Fuente: Juan Coronado www.geocities.com/parareflexionar2002/

miércoles, 29 de abril de 2009

El Ruiseñor


Esta tarde he oido cantar a los ruiseñores y , como siempre, me he quedado embobada un buen rato... asi pues, posteo sobre estos maravillosos animalillos...

Dicen que alguna vez, durante la creación del mundo, Dios llamo a todos los pájaros, los pájaros se dice que en aquellos tiempos eran todo grises y sin colores..
Dios se puso al frente con una paleta llena de colores.. y fue pintando a cada uno de ellos especialmente.. con muchos colores, con pocos, los mezcló, los combinó... dicen que los primeros en pasar fueron los papagayos.. que Dios los pinto con un color de cada uno de los que tenía en la paleta.. que por ello los papagayos tienen tantísimos colores y tan fuertes y bellos...

Así fueron pasando ... uno a uno todos los pájaros, de último estaba un ruiseñor..
Cuando llego su turno.. ya no había mas pintura disponible!!!
Dios lo miro.. tan grisecito.. tan poquitita cosa.. que le dio una pena terrible, ya saben.. el corazón de Dios también se enternece...
Dios miró su paleta.. ya no habían mas colores en ella.. salvo que.. había una gotita de pintura roja.. ínfima.. microscópica.. pero allí estaba!!!
Dios miro de nuevo al ruiseñor y le dijo "Ya no me queda mas pintura.. pero con esta minúscula gotita.. haré maravillas.. a ver pequeño.. saca la lenguita..."
Y allí Dios ubico esa minúscula gotita de pintura roja que le quedaba..

Entonces Dios le dijo:

"Pequeñita criatura.. quizás nunca llames la atención por tu color apagado.. pero te doy el don de que cuando cantes.. el que te escuche sepa entender que jamas escuchara mas bello canto que el tuyo.. esa gotita en tu pequeñita lengua te hará un ave inolvidable.."Según se dice.. todos los ruiseñores tiene en su lenguita una pequeñísima y microscópica manchita roja.. lo que si se sabe es que quien escucha el canto de un ruiseñor... nunca lo olvida, que no hay nada que se le iguale...


En contra de la creencia popular, puede oírse cantar a los ruiseñores tanto de día como de noche; pero sus interpretaciones de virtuoso se oyen mejor en la quietud de una cálida tarde a fines de primavera, cuando los machos compiten para atraer a las hembras, que vienen de sus cuarteles de invierno en África tropical. Las hembras llegan unos diez días después que los machos.

El canto es inolvidable por su volumen, su variedad de notas y por la fuerza con que es emitido. Consiste en una rápida sucesión de notas repetidas, unas roncas, otras líquidas, incluyendo un «choqui-choqui-choqui» muy sonoro y un «piu» aflautado y piante, primero lento y luego alcanzando un crescendo.

Por cada diez personas que le han oído cantar, difícilmente habrá una que haya visto realmente a ésta arisca ave. Cuando salen al descubierto son pájaros poco visibles, que llaman la atención sólo por su canto.

El Ruiseñor Común esconde su nido tan cuidadosamente como se oculta él mismo, construyéndolo cerca del suelo entre la espesa vegetación. En su cortejo nupcial, el macho despliega la cola, la sube y la baja, agitando las alas e inclinándose hasta llegar con el pico a menor altura que su posadero.


Identificación: Plumaje pardo sin rasgos sobresalientes, cola pardo rojiza; partes inferiores pardo grisáceas; garganta blancuzca; sexos iguales.

Nidificación: La hembra construye nido de hojas secas forrado con hierba y pelo, en el suelo o cerca de él; pone, en mayo, 5 huevos verde oliváceo u oliváceo oscuro; incubación, sólo por la hembra, unos 15 días; los pollos, alimentados por ambos padres, dejan el nido a los 12 días.

Alimentación: Principalmente insectos del suelo; también lombrices, arañas y algunas bayas.

Hábitat: Sotos.

domingo, 19 de abril de 2009

Anahí




Corrientes es una provincia argentina, situada en el nordeste del país, con capital en la ciudad de Corrientes. La delimita al norte y oeste el Río Paraná, que la separa del Paraguay y las provincias de Chaco y Santa Fe; su linde este está marcado por el río Uruguay, que la separa de Uruguay y Brasil; los ríos Guayquiraró y Mocoretá y los arroyos Basualdo y Tunas marcan su frontera sur con la provincia de Entre Ríos. Al nordeste los arroyos Itaembé y Chimiray junto con un tramo de "límite seco" de 30 km, la separan de la Provincia de Misiones.
Es la décimosexta provincia más extensa de la Argentina y la undécima unidad más poblada.

La provincia de Corrientes abarca aproximadamente la región que los guaraníes, antiguos habitantes de la zona, denominaban Taragüí (lagartija, por la abundancia de ellas en el territorio). Es difícil determinar exactamente de cuando data la población de este territorio por los guaraníes nómadas, pero es probable que llegaran a él, siguiendo los cursos fluviales, a mediados del I milenio a. C., tras la escisión que separó a los tupí hablantes de ñe'engatu de los guaraníes propiamente dichos.

Anahí es un nombre propio femenino de origen guaraní. Alude a la flor del ceibo. El nombre significa "que es bella como la flor de ceibo", una de las especies arbóreas más vistosas de la región que habita el pueblo guaraní. En relación con el origen del nombre Anahí, es necesario referirse a la leyenda de la flor de ceibo.


Es conocida la fiereza de la tribu "Guayaquí", de la familia de los guaraníes. Sus hombres y sus mujeres eran belicosos y celosos defensores del sus tierras, de su hogar. Los conquistadores españoles los creían muchas veces verdaderos brujos, y los castigaban como se los castigaba en España por aquellos días a los sospechosos de brujería, es decir, con la hoguera. Las luchas entre indios y españoles dieron lugar a una de las más bellas leyendas de las tierras que bañan los ríos Paraná y Uruguay. Había en la tribu Guayaquí una niña que amaba su tierra natal al extremo de recorrer sola los bosques conversando con las aves, con las flores, con los animales que poblaban el bosque. Era conocida por la dulzura de su voz que de continuo entonaba los cánticos propios de su raza. Cuando ella cantaba, hasta el río rumoroso parecía callar para escucharla.

Un día, por el río llegaron los conquistadores, con sus armas y sus caballos. La tribu de Anahí decidió defender la tierra nativa superando el terror que los embargaba ante aquellos seres desconocidos. Pelearon durante varios días y semanas enteras. Pero iban siendo echados poco a poco de sus bosques, de sus ríos, de sus sierras. Anahí, pese a su juventud luchaba como los más valientes. Su voz ya no cantaba más, gritaba la venganza y la guerra y animaba a los hombres y mujeres de la tribu. Pero un día cayó prisionera. Llevada al campamento español, logró en la noche zafar sus ligaduras y golpeando a un centinela ganó nuevamente el bosque, con tan poca suerte que volvió a caer en manos de sus captores. El soldado herido por Anahí murió. Sospechada de bruja, porque nadie podía admitir que con aquel pequeño cuerpo y con su juventud pudiera haber dado muerte de un golpe al soldado, y atribuyéndole ayuda diabólica, fue condenada a morir en la hoguera.

Atada al palo de la ejecución y prendido el fuego de los leños, las llamas comenzaron a abrazarla. Pero Anahí, en medio de las llamas, en vez de gemir comenzó a cantar una canción en la que pedía a su Dios por su tierra, por su tribu, por sus bosques y por sus ríos. Su voz se elevó al cielo, y al nacer el día, el cuerpo de Anahí se había convertido en un robusto tronco de un árbol hermoso del que pendían racimos de rojas flores, tan rojas como las llamas que habían consumido a Anahí, y que se mostraba en todo su esplendor, como símbolo de valentía y fortaleza ante el sufrimiento.

La leyenda de Anahí inspiró una bonita canción que pertenece al músico y poeta correntino don Osvaldo Sosa Cordero, nacido en Concepción, (Corrientes) en 1906. 
(click aqui para escucharla)

Anahí... 
las arpas dolientes hoy lloran arpegios que son para ti
recuerdan a caso tu inmensa bravura reina guaraní,
Anahí,
indiecita fea de la voz tan dulce como el aguaí.
Anahí, Anahí,
tu raza no ha muerto, perduran sus fuerzas en la flor rubí.
Defendiendo altiva tu indómita tribu fuiste prisionera
Condenada a muerte, ya estaba tu cuerpo envuelto en la hoguera
y en tanto las llamas lo estaban quemando
en roja corola se fue transformando...
La noche piadosa cubrió tu dolor y el alba asombrada
miro tu martirio hecho ceibo en flor.
Anahí, las arpas, dolientes hoy lloran arpegios que son para ti
recuerdan a caso tu inmensa bravura reina guaraní,
Anahí,
indiecita fea de la voz tan dulce como el aguaí.
Anahí, Anahí,
tu raza no ha muerto, perduran sus fuerzas en la flor rubí.


Wikipedia
Imagen By Silvia Fernández,

lunes, 30 de marzo de 2009

La tienda de la verdad



El hombre caminaba paseando por aquellas pequeñas callecitas de la ciudad provinciana. Tenía tiempo y entonces se detenía algunos instantes en cada vidriera, en cada negocio, en cada plaza. Al dar vuelta una esquina se encontró de pronto frente a un modesto local cuya marquesina estaba en blanco, intrigado se acercó a la vidriera y arrimó la cara al cristal para poder mirar dentro del oscuro escaparate... en el interior, solamente se veía un atril que sostenía un cartelito escrito a mano que anunciaba:

Tienda de la verdad

El hombre estaba sorprendido. Pensó que era un nombre de fantasía, pero no pudo imaginar qué vendían.

Entró.

Se acercó a la señorita que estaba en el primer mostrador y preguntó:

—Perdón, ¿esta es la tienda de la verdad?.

—Sí, señor, ¿qué tipo de verdad anda buscando: verdad parcial, verdad relativa, verdad estadística, verdad completa?

Así que aquí vendían verdad. Nunca se había imaginado que esto era posible, llegar a un lugar y llevarse la verdad, era maravilloso.

—Verdad completa –contestó el hombre sin dudarlo.

“Estoy tan cansado de mentiras y de falsificaciones”, pensó, “no quiero más generalizaciones ni justificaciones, engaños ni defraudaciones”.

—¡Verdad plena! –ratificó.

—Bien, señor, sígame.

La señorita acompañó al cliente a otro sector y señalando a un vendedor de rostro adusto, le dijo:

—El señor lo va a atender.

El vendedor se acercó y esperó que el hombre hablara.

—Vengo a comprar la verdad completa.

—Ahá, perdón, ¿el señor sabe el precio?

—No, ¿cuál es? –contestó rutinariamente. En realidad, él sabía que estaba dispuesto a pagar lo que fuera por toda la verdad.

—Si usted se la lleva –dijo el vendedor— el precio es que nunca más podrá estar en paz.

Un frío corrió por la espalda del hombre, nunca se había imaginado que el precio fuera tan grande.

—Gra... gracias, disculpe... –balbuceó.

Se dio vuelta y salió del negocio mirando el piso.

Se sintió un poco triste al darse cuenta de que todavía no estaba preparado para la verdad absoluta, de que todavía necesitaba algunas mentiras donde encontrar descanso, algunos mitos e idealizaciones en los cuales refugiarse, algunas justificaciones para no tener que enfrentarse consigo mismo.

“Quizás más adelante”, pensó...


Jorge Bucay 
Imagen by maltieri

viernes, 20 de marzo de 2009

Anjanas y equinoccio


La leyenda de las Anjanas tiene origen en la mitología cántabra y su nombre proviene del término Anja, nombre con el que se designaban a las brujas durante la edad media.

Las Anjanas son las hadas encargadas del reino del bosque, tienen la misión de protegerlo y siempre están a la espera de alguien que necesite de su ayuda. Su principal cometido para con los hombres es calmar a los viajeros perdidos y según cuentan las leyendas con tan sólo mirar en la profundidad de sus ojos la esperanza inunda el alma.

Por su cualidad de ser etéreo y mágico pueden convertirse en lo que deseen hasta hacerse invisibles ante el ojo humano.

Estas ninfas de tan solo medio metro de altura, tienen hermosas y largas cabelleras color oro o negro azabache las cuales lucen adornadas con flores silvestres y cintas de colores. Sus ojos son rasgados, negros o azules muy profundos, pacíficos y expresivos.

Tiene la piel muy pálida, una voz melodiosa y dulce que cuando alegres parece el canto de un ruiseñor y cuando se enfurecen es similar la las pisadas de un escarabajo sobre la hojarasca. Sus alas son casi imperceptibles por lo que muchas veces se las puede confundir con mariposas.

En general sus ropas son blancas impolutas y por encima portan una capa de color azul con toques en dorado y rojo, pero durante el invierno se mimetizan con el ambiente vistiendo trajes negros. Siempre llevan consigo una larga vara de mimbre o espino con una estrella en la punta, la que cada día de la semana ilumina con luces diferentes.

Ellas saben preparar un brebaje antiquísimo y milagroso que puede curar a los enfermos, el cual usan para sanar a las criaturas de los bosques. Viven en grutas cuyas paredes están revestidas en plata y los suelos son de oro, estos palacios féricos están escondidos en las fuentes y manantiales más bellos.

Según se dice es más fácil encontrarlas cuando aparecen los primeros rayos del alba o al atardecer, pero ellas son las que deciden ante quien mostrarse y ante quién no.

Las Anjanas hablan el idioma de la naturaleza por ello es que pueden comunicarse con toda la creación, perciben la energía de los insectos, aves y demás animalitos como la que emana de rocas o manantiales de aguas cristalinas. Son almas muy bondadosas que premian a las personas de buen corazón, pero castigan con mano dura a quienes cometen actos crueles contra todo ser vivo o alteren la paz del bosque.

Por su cualidad de ser fantástico estas hadas poseen la capacidad de adquirir forma humana para interactuar con los habitantes de este mundo, pero por ley tienen prohibido enamorarse de un mortal. Si una Anjana trasciende esta norma, será perseguida por la desgracia y el amor que la una a un ser humano estará marcado por el dolor.

Ambos se verán obligados vivir un eterno sufrimiento sin poder nunca saciar su sed ni su hambre, sentirán frío y no encontrarán abrigo, desearan la muerte pero esta nunca llegará por lo cual vagarán para siempre errantes y sin sosiego, juntos pero sumidos en la más profunda desgracia.

La tradición también cuenta que durante el equinoccio de primavera, a la luz de la luna en medianoche, estas hadas danzan hasta que amanece y en su camino esparcen rosas magníficas de color púrpura, azul y verde y quien encuentre una de ellas recibirá la bendición de la felicidad eterna.

Imagen by Jagath

martes, 24 de febrero de 2009

El sueño azul



Un día, viajando por un bosque luminoso, el viajero se detuvo.

Se encendió una hoguerita, se preparaba una taza de té y reclinándose contra un árbol, se fumó una pipa.

En alguna distancia se oía el murmullo de un arroyo y una brisa, suave como un aliento, movió las hojas de los árboles. El viajero sonrió.

- “Bien”, pensaba “hasta aquí hemos llegado. Bonito paraje…”

Y mientras fumó su pipa, reflexionó un poco sobre sus viajes anteriores. Había atravesado infiernos y desiertos de vastas extensiones, se había refrescado en oasis y disfrutado de bellas orillas, había volado alto en los cielos y buceado profundo en los mares, respirando oxígeno líquido. Había amado y había odiado, se había reído y llorado y así una larga, larga lista de vivencias y experiencias a las que siempre encontraba su opuesto.

- “Y bien”, pensaba “¿ahora qué? ¿Adónde puedo ir donde no he estado ya? ¿Qué puedo hacer que no he hecho ya? No hay nada más que vivir que quedarme aquí sentado!” Y tal fue el impacto de su descubrimiento que una lágrima brotó de su ojo.

Desde el suelo, donde había caído la lágrima, brotó una flor blanca de extraordinaria belleza y una fragancia exquisita. Con gracia dobló su largo tallo para darle un suave beso en la mejilla y le susurró:

- “Duerme, hermano mío, sueña, no hay nada que hacer”
El viajero la contempló, maravillado y reconfortado y con una profunda exhalación cerró sus ojos. Y soñó. Soñó que escuchaba al Gran Silencio, al susurro del viento en los árboles, al sol que iluminaba cada hoja, a cada hierba que estaba brillando en luz plateada. Y cuanto más quietamente escuchaba, más se asemejaban el Gran Silencio y el silencio en su corazón y en su silencio no dejaban de murmurar

- “Amor, Amor, Amor”.

Quizás habían pasado minutos o quizás eones cuando apareció un delfín hecho de pura luz, nadando graciosamente en el aire. Le sonrió al viajero:

- “Ven, hermano mío, el viaje no se acaba aquí, seguiremos nadando por el océano infinito.”
El viajero se inclinó profundamente ante el delfín, se salió de su vieja piel porque era demasiado pesada y brillando como su hermano, se alejaron dos delfines, chapoteando entre los arbustos.

La hoguera se extinguió y la hierba creció sobre la pipa pero los árboles y los arroyos recuerdan y siguen murmurando la Gran Verdad a todo quien quiere escuchar.

Kerstin Müller

jueves, 19 de febrero de 2009

El hacha de tu vida



Había una vez un hachero que se presentó a trabajar en una maderera.

El sueldo era bueno y las condiciones de trabajo mejores aún;
así que el hachero se decidió a hacer buen papel.

El primer día se presentó al capataz, quien le dio un hacha y le designó una zona.

El hombre entusiasmado salió al bosque a talar.

En un solo día cortó 18 árboles.

-Te felicito, dijo el capataz, sigue así.

Animado por las palabras del capataz,
el hachero se decidió a mejorar su propio desempeño al día siguiente;
así esa noche se acostó bien temprano.

A la mañana se levantó antes que nadie y se fue al bosque.
A pesar de todo el empeño, no consiguió cortar más que 15 árboles.

-Me debo haber cansado -pensó y decidió acostarse con la puesta del sol.
Al amanecer se levantó y decidió batir su marca de 18 árboles.

Sin embargo ese día no llegó ni a la mitad.
Al día siguiente fueron 7, luego 5
y el último día estuvo toda la tarde tratando de voltear su segundo árbol.

Inquieto por el pensamiento del capataz,
el hachero se acercó a contarle lo que le estaba pasando y a jurarle y perjurarle que se esforzaba al límite de desfallecer.

El capataz le preguntó :

-¿Cuándo afilaste tu hacha la última vez? -
¿Afilar? No tuve tiempo de afilar,
estuve muy ocupado cortando árboles.

Cuántas veces estamos tan ocupados en lo que nos parece urgente,
que le restamos tiempo a lo importante?....

Te invito a pensar...

¿Cuál es el hacha de tu vida, que no estás afilando?
¿En qué estás ocupando tu tiempo,
a qué cosas o personas importantes en tu vida
no le estás prestando atención?

Imagen by mokona_han

lunes, 9 de febrero de 2009

El cuento del árbol...



Había una vez, en las afueras de un pueblo, un árbol enorme y hermoso que vivía regalando a todos los que se acercaban el frescor de su sombra, el aroma de sus flores y el increíble canto de los pájaros que anidaban entre sus ramas.
El árbol era querido por todos, pero especialmente por los niños, que trepaban por el tronco y se balanceaban entre las ramas con su complicidad complaciente. Si bien el árbol amaba a la gente, había un niño que era su preferido. Aparecía siempre al atardecer, cuando los otros se iban.

-Hola, amiguito-decía el árbol y con gran esfuerzo bajaba sus ramas al suelo para ayudar al niño a trepar, permitiéndole además cortar algunos de sus brotes verdes para hacerse una corona de hojas aunque el desgarro le doliera un poco. El chico se balanceaba con ganas y le contaba al árbol las cosas que le pasaban en casa.
Casi de un día para otro, el niño se volvió adolescente y dejó de visitar al árbol.
Pasó el tiempo…y de repente, una tarde, el árbol lo vio caminando a lo lejos y lo llamó con entusiasmo:

-Amigo…amigo…Ven, acércate…Cuanto hace que no vienes…Trepa y charlemos.
-No tengo tiempo para estupideces-dijo el muchacho.
-Pero…disfrutábamos tanto juntos cuando eras pequeño…
-Antes no sabía que se necesitaba dinero para vivir, ahora busco dinero. ¿Tienes dinero para darme?.
El árbol se entristeció un poco, pero se repuso enseguida.
-No tengo dinero, pero tengo mis ramas llenas de frutos. Podrías subir y llevarte algunos, venderlos y obtener el dinero que necesitas…
-Buena idea-dijo el muchacho y subió por la rama que el árbol le tendió para que trepara como cuando era chico.

Y arrancó todos los frutos del árbol, incluidos los que aún no estaban maduros.
Llenó con ellos una bolsa de arpillera y se fue al mercado. El árbol se sorprendió de que su amigo no le dijera ni gracias, pero dedujo que tendría urgencia por llegar antes de que cerraran los compradores.

Pasaron diez años hasta que el árbol vio pasar otra vez a su amigo. Era ya un adulto.
-¡Qué grande estás!-le dijo emocionado-; ven, sube como cuando eras niño, cuéntame de ti.
-No entiendes nada, como para trepar estoy yo…Lo que necesito es una casa. ¿Podrías acaso darme una?
El árbol pensó unos minutos.
-No, pero mis ramas son fuertes y elásticas. Podrías hacer una casa muy resistente con ellas.

El joven salió corriendo con la cara iluminada. Una hora más tarde, con una sierra cortó cada una de sus ramas, tanto las secas como las verdes. El árbol sintió el dolor, pero no se quejó. No quería que su amigo se sintiera culpable.
El árbol guardó silencio hasta que terminó la poda y después vio al joven alejarse esperando inútilmente una mirada o gesto de gratitud que nunca sucedió.

Con el tronco desnudo, el árbol se fue secando. Era demasiado viejo para hacer crecer nuevamente ramas y hojas que lo alimentaran. Quizás por eso, porque ya estaba viejo cuando lo vio venir años después, solamente dijo:

-Hola. ¿Qué necesitas esta vez?
-Quiero viajar. Pero,¿qué puedes tú hacer?. Ya no tienes ramas ni frutos que sirvan para vender.
-Qué importa hijo-dijo el árbol-, puedes cortar mi tronco…con él quizás consigas construir una canoa para recorrer el mundo a tus anchas.
-Buena idea-dijo el hombre.

Horas después volvió con un hacha y taló el árbol. Hizo una canoa y se fue.
Del viejo árbol quedó tan sólo el pequeño tocón a ras del suelo. Dicen que el árbol aún espera el regreso de su amigo para que le cuente de su viaje.
Nunca se dio cuenta de que ya no volvería.
El niño ha crecido, pero tristemente se ha vuelto un hombre de esos que nunca vuelven a donde no hay nada más para tomar.

El árbol espera, vacío, aunque sabe que no tiene nada más para dar.


Fuente: http://giannibb.blogspot.com/
Texto enviado por Joman (http://josemanuelromerolopez.blogspot.com)

domingo, 4 de enero de 2009

Dos ranas...


Había una vez dos ranas que cayeron en un recipiente de nata. Inmediatamente se dieron cuenta de que se hundían: era imposible nadar o flotar demasiado tiempo en esa masa espesa como arenas movedizas. Al principio, las dos ranas patalearon en la nata para llegar al borde del recipiente. Pero era inútil; sólo conseguían chapotear en el mismo lugar y hundirse. Sentían que cada vez era más difícil salir a la superficie y respirar. 

Una de ellas dijo en voz alta: “No puedo más. Es imposible salir de aquí. En esta materia no se puede nadar. Ya se que voy a morir, no veo por qué prolongar este sufrimiento. No entiendo que sentido tiene morir agotada por un esfuerzo estéril”. Dicho esto, dejo de patalear y se hundió con rapidez, siendo literalmente tragada por el espeso liquido blanco. La otra rana, más persistente, o quizás más tozuda, se dijo: “¡No hay manera! Nada se puede hacer para avanzar en esta cosa. Sin embargo, aunque se acerque la muerte, prefiero luchar hasta mi último aliento. No quiero morir ni un segundo antes de que llegue mi hora”.

Siguió pataleando y chapoteando siempre en el mismo lugar, sin avanzar ni un solo centímetro, durante horas y horas. Y, de pronto, de tanto patalear y batir las ancas, agitar y patalear, la nata se convirtió en mantequilla. Sorprendida, la rana dio un salto y, patinando, llego hasta el borde del recipiente. Desde allí, pudo volver a casa croando alegremente.


Jorge Bucay

domingo, 14 de diciembre de 2008

Dos lobos...


Un indio muy sabio se encontraba enseñando a su pequeño nieto una de las lecciones más importantes de la vida. Le contó al pequeño niño la siguiente parábola:”Existe una pelea dentro de cada uno de nosotros. Es una terrible pelea entre dos lobos”, le dijo.

“Un lobo es malo. Es furia, rabia, envidia, remordimiento, avaricia, arrogancia, autocompasión, resentimiento, mentiras, falso orgullo, superioridad y ego. El segundo lobo es bueno. Es alegría, paz, amor, esperanza, serenidad, humildad, bondad, empatía, verdad, compasión y fe”.

El nieto pensó sobre esto un momento. Entonces le preguntó al abuelo, “¿Que lobo ganará esta pelea?”

El abuelo simplemente respondió, “El que alimentes”.


Aviso

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El Internet explorer está dando fallos y no lo muestra completo.
O, a veces..., todo lo contrario...