miércoles, 4 de marzo de 2009

Cuando el hambre y los alimentos se confunden con las emociones


El acto de alimentarse además de cumplir una función nutritiva, posee una fuerte carga simbólica, que puede servir de vehículo de expresión de algunas enfermedades como los trastornos de la alimentación. Dentro de ellos, tanto la anorexia y/o bulimia, el comer compulsivo, la dieta crónica, se desarrollan cuando el acto de comer deja de tener el objetivo de nutrir el organismo. En cualquier alteración de la conducta alimentaria, subyace una problemática afectiva.

La relación directa que existe entre alimento y emoción es fácilmente observable en cualquier individuo. Frente a un estado de estrés emocional, todas las personas manifiestan algún cambio en sus hábitos alimentarios: por ejemplo, comer por aburrimiento, gratificarse con un dulce porque se está triste, no sentir hambre cuando se está enojado, etc. Esto demuestra que existen diferentes situaciones y emociones que se enfrentan, aumentando o disminuyendo la ingesta habitual y evitando, de este modo, sentir aquello que tanto perturba. Cuando este mecanismo es el único modo de respuesta que una persona tiene para afrontar sus problemas, se produce una alteración permanente en el uso y significado que se le da al alimento. El impulso a comer o su contrario, la tendencia a la restricción de la ingesta, constituyen una respuesta rígida, inevitable y casi exclusiva para calmar estados emocionales displacenteros. La preocupación por el control del alimento, el cuerpo y el peso, se convierte en un intento fallido de distraer la atención de aquellas situaciones que generan dolor y angustia.

La novedad científica consiste en el hecho de que, en la base de cualquier alteración de la conducta alimentaria, subyace siempre una problemática afectiva que la persona no puede enfrentar y resolver de un modo más funcional. Por esta razón el enfoque psicológico-nutricional es el más adecuado para tratar este tipo de trastornos, al igual que otros desórdenes emocionales. Partiendo de la premisa que el alimento se entrelaza con las emociones, un primer paso sería diferenciarlos. Es necesario devolverle a la comida la utilidad que tenía en un comienzo: nutrir el organismo.
El cuerpo consta de dos sensaciones básicas: hambre y saciedad, por medio de las cuales informa que necesita alimento o por el contrario, que está satisfecho. Las personas que padecen un trastorno alimentario han perdido la capacidad de reconocer estas señales. Para ello existen técnicas específicas que posibilitan el reencuentro con las necesidades y sensaciones básicas del cuerpo.

El paso siguiente sería enfrentar las emociones: Una vez que la persona está en condiciones de diferenciar los momentos en que come por hambre, de aquellos otros en que lo hace por una necesidad emocional, puede distinguir cuáles son las situaciones personales que lo conducen compulsivamente a la comida, o por el contrario, que lo llevan a ejercer un control de la sensación del hambre y la ingesta.
Desde el punto de vista psicológico y dentro de un tratamiento, es posible entender a “los problemas con la comida”, como una pantalla o una defensa que la persona se autoimpone para mantener alejados de sí otros conflictos a los que no puede hacer frente.

Tomar conciencia de las emociones displacenteras que dichos conflictos generan, facilitaría el desarrollo de recursos más adecuados para afrontarlos, sin la necesidad de recurrir al alimento que en tanto síntoma oculta.


Lic. Silvia Aiani
Especialista en trastornos de la conducta alimentaria
Imagen by Nur, Pradell de la Teixeta 2009

2 comentarios:

GIANNI dijo...

Los alimentos son la base para poder ser, son necesarios para pensar, para crecer, pero existen otros alimentos, los alimentos del alma que aunque invisibles, son también parte fundamental de lo que somos...

Nur dijo...

Asi es...

Salud y buenas noches!

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