lunes, 20 de abril de 2009

El guerrero de la luz y su temperamento




El guerrero de la luz se permite que un día de su vida sea diferente del anterior. A él no le da miedo ni llorar por viejas heridas ni alegrarse con nuevos descubrimientos. Cuando siente que ha llegado la hora, lo deja todo y se lanza a la aventura tan soñada. Al entender que ha llegado al límite de su resistencia, se retira del combate, sin culparse por haber hecho una o dos locuras inesperadas.

La historia que sigue ilustra lo que quiero decir.



Un hombre que buscaba la santidad decidió subir a lo alto de una montaña llevando apenas la ropa que estaba vistiendo, y permanecer allí arriba meditando hasta el final de sus días.

Sólo que pronto se dio cuenta de que un único juego de ropa no era suficiente, porque se ensuciaba con demasiada rapidez. Bajó de la montaña, fue hasta la aldea más próxima, y pidió otras vestimentas. Como todos sabían que el hombre buscaba la santidad, le entregaron un nuevo par de pantalones y una camisa.

El hombre dio las gracias y volvió a subir hasta la ermita que estaba construyendo en lo alto del monte. Se pasaba las noches levantando las paredes, y los días entregado a la meditación, alimentándose con los frutos de los árboles y bebiendo el agua que brotaba de una fuente cercana.

Un mes más tarde, descubrió que un ratón solía roerle la ropa extra que dejaba a secar. Como quería concentrarse apenas en sus deberes espirituales, bajo de nuevo hasta el poblado, y pidió que le consiguiesen un gato.

Los habitantes de aquel lugar, respetando su búsqueda, le dieron lo que pedía.

Al cabo de siete días, el gato casi había muerto de inanición, porque no conseguía alimentarse con frutas, y ya no había más ratones en la zona. Regresó a la aldea en busca de leche, y como los campesinos sabían que no era para él (que a fin de cuentas resistía sin comer nada más que lo que la naturaleza le ofrecía), una vez más lo ayudaron.

El gato acabó rápidamente con la leche, así que el hombre pidió que le prestaran una vaca.

Como la vaca daba más leche de la necesaria, él empezó a beber también, por no desperdiciarla. De esta manera, en poco tiempo – respirando el aire de la montaña, comiendo frutas, meditando, bebiendo leche, y haciendo ejercicio – se transformó en un modelo de belleza. Una bonita muchacha que subió un día al monte buscando un cordero extraviado, terminó enamorándose, e intentó convencerlo de que necesitaba una esposa para cuidar de las tareas de la casa mientras él meditaba en paz.

El hombre pasó tres días ayunando, procurando averiguar cuál sería la decisión adecuada. Finalmente, comprendió que el matrimonio es una bendición del cielo, y aceptó la propuesta.

Tres años después, el hombre estaba casado, tenía dos hijos, tres vacas, una huerta con árboles frutales, y dirigía un lugar de meditación, con una gigantesca lista de espera de gente que quería conocer el milagroso “templo de la eterna juventud”.

Cuando alguien le preguntaba cómo había comenzado todo aquello, él respondía:

- Dos semanas después de llegar aquí, sólo tenía dos juegos de ropa. Un ratón empezó a roer uno de ellos y...

Pero nadie quería escuchar el final de la historia; estaban seguros de que era un sagaz hombre de negocios, queriendo inventarse una leyenda para poder aumentar aún más el precio de la estancia en el templo.

Pero, como buen guerrero de la luz, a él no le importaban los comentarios de los demás; estaba contento por haber sido capaz de hacer realidad sus sueños.

Paulo Coelho

5 comentarios:

Sakkarah dijo...

Me ha parecido una preciosa historia...

Da gusto venir a reflexionar aquí.

Un beso.

Raticulina dijo...

No soy muy amante de Coelho pero esta historia me ha gustado. Un buen ejemplo de que hay que estar abierto a todo y ser flexible ante las circunstancias. Vivir, vamos.

Un beso

Angeles dijo...

He leído casi todo de Cohelo y esta no la conocía, ya sabes...me la llevo, me encantó.
Besitos.

maria dijo...

Este es un cuento muy conocido de la filosofía oriental, que habla de un maestro que envía a su discipulo a una misión determinada, y en el camino el discipulo hace esto: conocer a una joven, tener hijos, acumular riquezas, etc, etc. Así que pasan los años y el discipulo vuelve muy contento ha explicar a su maestro lo bien que le había ido la vida. El maestro le pregunta: ¿Pero hiciste la tarea que te encomendé?. Este cuento quiere expresar, pues esto, que pasamos la vida entretenidos en lo que no es importante, y que la verdadera tarea que vinimos a realizar a este mundo, a menudo nos olvidamos de ella. Coelho tiene estas cosas...
Besos de tarde de truenos.

Andicozmania dijo...

Ratifico lo expuesto por Maria. Y decir que no debemos olvidarnos que existen personas a nuestro alrededor a los que tenemos que atender simplemente queriendoles.

Salud_2

Andicozmania

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